El gran teatro electoral
La campaña electoral es como un gran teatro, un espectáculo dantesco que se reproduce cada cuatro años y que demuestra que los bajos instintos del ser humano no tienen límites. Los coches recorren los pueblos de la isla con potentes altavoces para anunciar lemas poco claros y sin fondo, con los que quieren llamar la atención a los ciudadanos para captar su voto o para que acudan a uno de esos mítines cargados de promesas y vacíos de contenido. La importancia depende de la intensidad del sonido, que se repite constantemente y que pretende taladrar el cerebro del vecino hasta hipnotizarlo. Nos trasladan a una época predemocrática, donde se carecía de los medios de comunicación necesarios, especialmente de Internet, para alcanzar una información completa y rigurosa de la realidad.
Los carteles con eslóganes y las enormes banderas multicolores que no dicen nada no sólo deterioran el paisaje y bloquean las señales de tráfico. También representan el derroche económico de algunos partidos políticos, cuyos representantes no se ruborizan cuando se les pregunta por el dinero empleado para la campaña electoral, que emplean también en fiestas, comilonas, bailes y panderetas. Un ejemplo del déficit democrático de esta república bananera, donde todas las formaciones políticas no parten de la misma línea de salida en la carrera electoral, pues algunas ya cuentan con suficiente ventaja para alcanzar la meta, apoyadas en muchas ocasiones por una fuerte inversión empresarial que espera compensaciones posteriores.
El colmo del malentendido es el eslogan de neustro partido, el PSOE, donde se reproduce la idea “haremos más”. ¿Quién dio esta consigna? Para los conejeros, sólo puede significar más cemento y más destrucción de su único capital, la naturaleza. No obstante, el colmo de lo absurdo está representado por los carteles del PIL, donde aparece el retrato de un ex político condenado a ocho años de cárcel y quince de inhabilitación para el ejercicio de cargo público. Evidentemente, toman por tontos a los votantes de Lanzarote, acostumbrados al surrealismo político.
¿Por qué tenemos que soportar una campaña electoral de estas características? La razón es muy sencilla. Los lemas empleados reflejan el problema central de la isla, donde se transmite la imagen de que todo funciona bien en líneas generales, de que sería bueno que las elecciones no modificaran el peso de los clanes, que han parcelado Lanzarote y que quieren seguir los negocios al más puro estilo absolutista.
El desarrollo descontrolado de esta Isla, considerada Reserva de la Biosfera, no ha terminado. El negocio de la construcción, la verdadera actividad económica para muchos empresarios sin escrúpulos, constituyó el principal problema con el que tuvo que enfrentarse César Manrique. Cuando vivía, podía controlar y contener el crecimiento, pero después de su muerte volvieron a esquilmar la belleza de la isla, como había vaticinado la gente prudente.
Las familias influyentes sólo se mueven por la codicia y el poder. Manrique sabía que les faltaba visión de futuro, sabiduría y formación para proteger la naturaleza y convertir la Isla en un espacio digno para vivir. En 1986, sólo unos días después de recibir el Premio Europa Nostra, César difundió un manifiesto con el dramático título “Lanzarote se está muriendo”, en donde ya denunciaba los riesgos a los que se vería abocada la Isla por la avaricia de unos pocos. El Arrecife Gran Hotel es un buen ejemplo de su lucha contra las empresas constructoras, ya que sus propietarios sólo podían realizar su afán de lucro cuando él se encontraba fuera de la Isla.
La lucha de Manrique contra los jefes de los clanes sería un buen lema para la campaña electoral. Probablemente él fue el último lanzaroteño que no sobrepuso sus intereses por encima del bienestar de los hombres y la conservación del medio ambiente. Todo lo contrario que la mayoría de los gobernantes actuales, quienes apenas saben aplicar buenas políticas para mejorar las condiciones de vida de la población.
En conclusión, no es bueno que pensemos que votar no tiene sentido. Tampoco debemos esperar la llegada de “otro César” que salve a la Isla y a sus habitantes. Seguro que hay políticos honrados que quieren seguir la estela de Manrique y saben perfectamente lo que tienen que hacer. Sólo el que ejerce su derecho al voto puede ayudarlos para que defiendan los intereses de la mayoría de la población lanzaroteña.
Barbara & Günther Beetz, Las Breñas
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